Día de la Independencia de Turkmenistán

El 27 de Octubre de 1991, justo un día más tarde de mi nacimiento, Turkmenistan se estableció como autónoma y ganó su independencia de la Unión Soviética junto a otras Repúblicas. Hoy se celebra el día de la Independencia de Turkmenistán, un país que crucé por tierra hace a penas 2 meses, y tuve una experiencia de las más raras en mi vida… pero cojonuda, costosa y divertida a la vez. Curiosamente, también hoy día 27 de Octubre de 2017 se ha declarado unilateralmente la independencia de mi estimada Cataluña. Un cambio brutal en las políticas españolas que no dejará sin secuelas a mi lugar de nacimiento.

Llevaba casi 20 días en Irán en pleno Agosto viviendo con locales (a excepción de algunas noches que pasé en albergues con un amigo que me visitaba), y mi intención era cruzar Asia Central para continuar la Ruta de la Seda, llegar al Norte de Pakistán y seguir por India, el sudeste asiático y llegar finalmente a Shanghai.

Cuando estuve a lo largo de 2016 en Barcelona organizando este viaje por la placa eurasiática, nunca creí que iba a ser tan jodidamente caótico y que las cosas iban a cambiar tanto (visados, relaciones entre países, permisos… ¡Todo cambia de la noche a la mañana!). Sabía que Turkmenistán era como el Corea del Norte centro-asiático, un país cerrado y raro de pelotas, pero quería intentar cruzarlo por tierra, pasara lo que pasara.

Todos los viajeros que crucé en mi camino queriendo llegar a Asia por tierra, evitaban cruzar el basto desierto turkmeno, se iban por otras vías, a través de Azerbaijan, cruzando el Mar Caspio y por Karakalpakstan (otra República Autonómica, por cierto). Pero eso, en vez de echarme para atrás por los planes de otros viajeros, me motivé más a conseguirlo. Durante el Agosto de 2017 visité varias Embajadas en Teherán, una de ellas fue la Turkmena. Ahí me enteré de que no podía conseguir visas de tránsito por 45$ (te dan 3-5 días para cruzar el país), sino que tenía que gestionarlo todo mediante Agencia de Viajes estatales. Así que eso hice, me puse en contacto con una que me recomendó un gran viajero amigo, y me puse manos a la obra.

Poco más tarde, me contestaron con un precio, y que mi LOI (Carta de Invitación al país) estaría preparada justo el mismo día que yo quería cruzar el país, el 27 de Agosto de 2017. El 26 yo estaba en Quchan, al norte de Irán asistiendo a una boda (cosas que pasan cuando vives con locales en ese precioso país). Y aunque no me habían contestado los de la Agencia, no tenía tiempo que perder. Así que a las 5h45 AM del día siguiente sonó la alarma. Ya había organizado un coche privado para que me llevara hasta la frontera terrestre por los preciosos paisajes del desierto montañoso que separa Irán de Turmenistán. Llegué a Bajgiran justo a tiempo, y un par de soldados vestidos al más puro estilo del Sheriff Woody de ToyStory, me miraron fijamente y preguntaron con firmeza: ¿Dónde tienes tu visado? A lo que contesté que la Agencia tenía que confirmar mi Carta justo en ese momento, esa mañana. Llamaron al agente, y me puso en contacto con él. Dos horas más tarde, ahí estaba él, un tipo con una panza enorme, probablemente incapaz de verse los pies, y con una sonrisa introvertida y actitud pusilánime.

Tuve que pagar los 75$ que cuesta el visado, más los 90$ de la Carta de Invitación, que no es más que un papel formal de la agencia de viajes (que forma parte del Estado) a que le recuerden a los policías (del Estado) que tengo permiso para entrar. Eso sí, con escolta, traductor y conductor privado. ¿Motivo por el cual tenía que pagar todo eso y no cruzar tranquilamente el país con “visado de tránsito”? Los Juegos Olímpicos Asiáticos en Ashgabat del 10-17 de Septiembre 2017.

Llegamos a Ashgabat, y aquello parecía un cuento de hadas. Mármol por todas partes, los edificios exactamente iguales los unos a los otros, blancos con techo verdoso (por el Islam). Mezquitas conmemorando a los antiguos líderes del país y fotos del Presidente en cada esquina. ¡Flipé! Yo creí que estaba entrando en el Show de Truman. ¡Qué ambiente más diferente respecto a Irán!

Llegamos al hotel, que por 30$ al menos te esperas una cama limpia y algo de internet, pero nada de eso. No hay conexión WiFi en todo el hotel. La primera vez en mi vida que pasa eso, quizás es porque soy un millenial, pero coño, si estás pagando más de 5$ la noche, esperas algún tipo de comodidad… Mis sorpresas no acabarían ahí, evidentemente. El tipo gordinflón de la agencia de viajes me llamó para reunirse conmigo en el Hall del Hotel. Muy amablemente me dijo que tenían mi pasaporte no sé dónde, y que los precios de la agencia ahora habían cambiado (nuevas órdenes desde arriba) hacía 2 días.

No os voy a contar en detalle cómo fue la bronca, pero acabé pagando 290$ por irme con él (intérprete y escolta en uno) y sin taxista. La cantidad era muy superior si lo hacíamos a su modo. Le dije que lo haríamos a mi manera: utilizando transportes públicos y a dedo. A lo cual él no rechistó después de que me pusiera en contacto con su jefe. Con quien cené poco más tarde pura carne a la brasa (ternera, pollo, camello y buey), junto a una botella de vodka que parecía alcohol de quemar. Mis dotes sociales de nuevo me salvaron de esa situación. Al final el gordito lo entendió de puta madre, y a las 5h00 AM ya me estaba esperando para ir a la Estación de Buses. Me iba a acompañar a cruzar su país.

La lucha que tuve con este tipo era básicamente la que tengo con todo el mundo. Él me decía: ¡No se puede hacer esto! Y yo le aseguraba rotundamente: ¡Sí que se puede!

En un momento del viaje en bus hasta el desierto de Karakum me comentó que su objetivo los próximos dos días era llevarme sano y salvo al otro lado de la frontera hacia Uzbekistán. A lo que yo respondí que aparentemente mi objetivo esos días sería sacarle a él de su zona de confort. Y ambos logramos nuestros objetivos. Tendríais que haberle visto: en pleno desierto con dos camisetas, pantalones largos y camisa de mangas largas. Sombrero de piel, gafas de sol horteras a más no poder, y zapatillas deportivas de los 90. Un personaje.

Llegamos al “lugar”. Yo creí que íbamos a parar en alguna especie de estación, gasolinera, puesto de bebidas, caseta de policía, vamos… en algún sitio. Nada, en medio del puto desierto. A los 30 segundos de haber salido del bus, ya se me habían secado los ojos. A penas llegaba a parpadear. Pero lo mejor de todo fue tener que ir hasta el cráter de Darvaza con un camión cisterna durante 8km. El desierto de Karakum me daba la bienvenida. Aunque yo estaba pletórico, incómodo, pero contento.

Ahí llegamos a las 11h15AM con un calor que te mueres, y el gordo tuvo la brillante idea de refugiarse en el único yurk de la zona construido con madera doblada y piel de camello. Sabia decisión. Proteger del sol, protegía, pero del calor no. Tratamos de dormir los dos durante horas, pero no pudimos. El cansancio unido al calor, los mosquitos, los escarabajos y los incontables lagartos de la zona, hacían imposible descansar. Tuve buenas conversaciones con él, pero me di cuenta de lo sesgada que estaba su mentalidad y cuánto le habían lavado el cerebro. En un momento dado, me dijo: “Lo más importante en la vida es amar a tu líder.” Que cada uno saque sus propias conclusiones…

Cuando llegó la tarde-noche, y con ellas, el fresquito, pude ir a visitar el cráter (también llamado “Las puertas del infierno”), que no es más que un agujero gigantesco que emana gas natural que lleva quemándose desde hace décadas. En los 70, cuando todavía este territorio formaba parte de la U.R.R.S., un geólogo soviético estaba haciendo unos estudios y el terreno se le vino abajo. A un chiflado ruso, años más tarde, no se le ocurrió otra cosa mas que tirar una cerilla a ver qué pasaba. Y ahí está desde hace todo este tiempo. Quemándose. Lo que sucede es que un equipo de National Geographic, hizo un reportaje en 2013 sobre él, y se convirtió en una atracción turística. Han habido macro-compañías que han querido restablecer los gasoductos para sacar beneficios, pero el coste es de billones de dólares, y al Gobierno no le interesa.

Con el atardecer acercándose, coincidí con una pareja de franceses, con quienes cené la mar de bien, intercambiamos muy buenas fotos y conversamos sobre pasados y futuros viajes. ¡Por fin algo de normalidad!

Dormimos en el yurk, y pese a mi insistencia por visitar Kunya-Urgench, una ciudad al norte del país, la ruta no varió. Llegamos a la frontera con Uzbekistán por Dashaguz a las 14h30 del día siguiente. (Donde conocería a un grupo de brasileños de unos 60 años que me ayudarían a llegar a Khiva, una de mis ciudades favoritas en todo mi recorrido de Barcelona a Shanghai.)

Es decir, que lo único que realmente visité en Turkmenistán fue un puto cráter. Hice un huevo de fotos, pero si lo pienso… fueron las más caras de toda mi vida.

No me gustó viajar de ese modo, con prisas y sin llegar a saborear el país, pero me llevo grandes aventuras conmigo. Aprendí a que quien quiere, la consigue. A que nunca debes dejar tu pasaporte en manos de ningún desconocido. A que uno siempre tiene que adaptarse a los cambios y abrazar la realidad que le venga dada, ya sea buena o mala. A apreciar a otros que no son precisamente muy “echaos’ pa’lante”. A ser paciente y estratégico en las decisiones, si haces algo es por algún motivo, y descubrirlo es parte de la aventura.

 

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